miércoles, 11 de marzo de 2009

Diàlogo con el Maestro. III

Jesùs- Y no tienes alguna alegría que quieras compartir conmigo? Por qué no me haces participe de ella? Cuéntame lo que desde la última visita que me hiciste, ha consolado y hecho reir tu corazón. Quizá hayas tenido agradables sorpresas, o has visto disipado algún negro recelo; quizá hayas recibido fausta noticia, un mensaje, una muestra de cariño, has vencido dificultades o has salido de un apurado trance...obra mía es todo esto, yo lo he proporcionado, porque no has de mostrarme tu gratitud, el agradecimiento trae consigo nuevos beneficios, al bienhechor le es grato ver correspondida su bondad: Gracias Padre mìo, gracias...!
El Alma- Eres tú, dulce y divino Jesús mío, el objeto de mi alegría. Mi corazón se regocija con la presencia de tu gracia, con el cumplimiento de mis deseos, el logro de mis súplicas y peticiones, a ti tributo gozozo mi reconocimiento.
Todo bien procede de ti y en ti lo deposito
todo para no perderlo y para hallarlo siempre que lo busque.
Jesús- Y no tienes promesa alguna que hacerme? Conozco el fondo de tu corazón, no puedes engañarme, hablame pues sinceramente y dìme: Tienes la firme resolución de no exponerte màs a esa ocasión de pecado, de privarte de aquello que te daña, de no leer, ni ver màs aquello que exalta tu imaginación, que turba la pureza de tu destino? Volveràs a ser dulce y condescendiente con aquellos que te han faltado, y por quienes abrigaste resentimiento?
Hermanos tuyos son, hermanos menores. Eres tú el mayor.
El Alma- Señor, jamás podré engañarte. Recibe, bendice y apoya mis resoluciones. Ya no deseo exponerme más a las tentaciones del pecado y del demonio, me privaré de lo que sé es nocivo para mi salud espiritual, de lo que deteriora mi comunicación contigo e impide que lleguen a mi tus bendiciones, tu protección y tus dádivas. Seré paciente, dulce y cariñoso con mis hermanos, especialmente con aquellos que por su condición me tienen antipatía, porque también son hijos tuyos, y me esforzaré por ver en ellos tu presencia, tú nos tienes a todos predestinados para un futuro de glorioso servicio en el reino de los cielos, y hemos de empezar a servir aquí.
Somos los hijos de la redención, los rescatados con el precio de tu sangre, de tu sacrificio en la cruz. Tú quieres que los ame como me amo a mi mismo, y en eso no puedo hacer excepciones, debo amar incluso a mis enemigos, porque tú me lo mandas y porque en ello encuentro una paz, un gozo y una fuerza de positiva complacencia. Quiero implorarte también Señor, por las benditas almas del purgatorio; para que tu infinita bondad y misericordia se apiade de ellas, especialmente aquellas más desamparadas y que fueron más de mi obligación...
continùa